lunes, 9 de febrero de 2009

La dictadura de la fotogenia

No me imaginé que lo que me fuera a mover a un nuevo post sería la película Camino. Como crónica insignificante de por qué la vi cuento: a) El cartel es fuerte y la línea "¿Quieres que rece para que te mueras tú también?", lo es bastante más; b) La sorpresiva, al menos para mí, votación de los Goya.
No digo que me importe un comino lo que se vota y lo que gana, porque si gana lo que me gusta me siento -de alguna forma- compensado y si gana lo que no me gusta me invade una sensación de desconcierto. Los premios, de una manera u otra, son un canto de sirena, y creo que aquí se cumple por completo.
Las dos anteriores películas de Fesser (El milagro de P.Tinto y La gran aventura de Mortadelo y Filemón) están poseídas por el color excesivo, por los planos de la publicidad y los clips; planos deformes, muchos, pero muy modelados estéticamente. A ninguna de las dos películas se les podía recriminar nada por esas elecciones, ya que lo que pretendían mostrar lucía mejor y vendía más. Está claro y más que claro que lo que se ve más bonito, entra mejor por los ojos.
En Camino optó, aparentemente, por el drama, y si bien no se decantó por esta opción, no fue porque no fuera su credo sino porque la historia no le daba el pie para hacerlo. No obstante definió un submundo onírico en el que se pudo despachar a gusto con los colores. No sé con qué inspiración o ánimo creativo arremetió con este espíritu de Huevo Kinder sobre un mundo sin lugar a dudas cruel y le lavó la cara. No digo al Opus Dei, que seguramente tendrán sus razones para quejarse sobre la imagen que queda de ellos, sino a una concepción sobre lo narrado.
Lavado es diluido. Hayan o no aplaudido los que vieron morir a la niña en la que se inspira la historia, nada se puede ver allí como un documento veraz. Al elevar lo que se cuenta y cómo se lo cuenta a un punto de fábula se anula esta posibilidad por completo. Como al poner en un plano simultáneo la muerte de la niña y la representación de la Cenicienta en un centro cultural de Madrid que ella hubiera deseado hacer para estar cerca del chico que le gustaba. O al ver la escena del baile sobre un fondo blanco sobre el que salen flores dibujadas y se reencuentra con un padre recientemente muerto, usando el vestido que su madre no le compró. Así se lava el impulso de una historia convirtiéndolo en un espectáculo que te hará llorar, pero porque el juego es llorar y emocionarse y ver lo bonito que pudo haber sido todo si los monstruos no hubieran aparecido. Los monstruos son el Opus Dei y juro que no me hacía falta que me lo contaran para que yo lo supiera. Todo eso es una verdadera película de terror. El cómo para refrendar una creencia hace falta sacrificar a una persona.
Fesser dijo, o dicen que dijo, que cuando leyó la historia de la chica en la que se inspira el film dijo que allí había una película y yo me pregunto ahora por qué no la hizo. Porque esto no es una película. Para los que se encantaron con Amélie y ahora dicen que Camino tiene algo de Amélie, yo creo que tiene todo lo patético e impostado de Amélie y que si la pericia de su director la hizo salir adelante y engañar y mucho, lo que hizo Fesser es un mamarracho. Que no es una historia real, que no es una fábula hecha y derecha, que miente pero no como le corresponde mentir a la ficción, sino porque engaña y manipula.
Hablan de los actores: Carmen Elías es muy buena actriz y aquí está muy bien, pero yo no estoy convencido de que aunque lo haya hecho bien, sea interesante; el padre, Mariano Venancio, está puesto en el lugar del punto de vista y hasta ahí su rol se justifica; ambos, creo, están con el automático puesto y hacen las cosas con corrección.
Y si la fotogenia es una enfermedad terminal, no puede matar sólo un par de cosas de las película. Las mata irremisiblemente a todas y la actuación va con ellas. Manuela Vellés, la hermana, es insoportable. Todo el tiempo exagerada, declamante y con sus ojazos verdes fuera de órbita todo el tiempo, ¿había alguien que le pudiera decir que se relajara un poco? Todos los demás, también declamaban. De ahí a una película de Garci hacía falta dar un paso. Y la niña Nerea Camacho... Es guapa, tiene ojos verdes, es fresca, encantadora, es inocente, es buena. Está más cerca de Alicia en el país de las Maravillas que de cualquier realidad posible. Y cuando se le da el Goya a actriz revelación lo único que se está diciendo es que es una sorpresa que hayan encontrado a esta niña. Pero, ¿después qué?
No sé si alguna vez voy a entender lo que pasa con estas maquinarias aberrantes que algunos quieren presentar como películas, que no tienen entidad, que cuentan una historia pero para poder contarla la disfrazan de otra cosa que no sea tan cruda ni se pueda reprochar tanto, que si pide oscuridad, le podamos encontrar una zona de luz y color, y que los personajes no tengan que ser desesperadamente normales sino que sean guapos o atractivos.
Antes de que la niña caiga fuertemente enferma una de sus amiguitas del colegio dice que ella nunca podría ser Cenicienta en el teatro porque no es bonita ni tiene tetas como otra de sus compañeras. Y Camino le dice: "Tú no eres fea". Lo cual es un gran consuelo, seguro, para la niña porque también tiene claro que no es guapa, y si no se hubiera enfermado Camino tendría que haber sido Cenicienta por lo linda que era. Pero sí es la Cenicienta de esta historia que no tiene personalidad, que disfraza el punto de vista para que nada parezca tan radical. Como el padre, que se traga todo quién sabe por qué.
Es triste que se aprenda de lo malo del cine americano. Cine de premios liderado por deformes, historias de nazis, enfermos y freaks. Quien los borda se puede llevar el oro. Y como tantas cosas es un aprendizaje malo y tardío. Con treinta años de retraso o más.
Pero bueno, la vida es así y cada día pienso que me tengo que sorprender menos de las cosas. Hasta quizás algún día alguien diga que Fesser es un verdadero autor y en los DVDs le saquen una trilogía -que ahora ya la tiene- y le agreguen en los extras su obra maestra: El secdleto de la tlompeta. Yo, por si alguien lo piensa, aviso: preferiría que no me la regalen.

sábado, 17 de enero de 2009

El americano impasible


Hace unos años, con una novia, cuando todavía Internet era algo que sucedía en otro lado, tuvimos acceso a un CD que era una base de datos hipercompleta sobre el cine. Jugábamos a algo un poco tonto, visto a la distancia, que era intentar llegar de un actor a otro, o de una película a otra en la menor cantidad de pasos posible. Experimentábamos el trabajo con los links y ella me decía que era la escritura del futuro: el hipertexto. Ese juego que era muy interesante en aquel momento, quedó como un recuerdo para -precisamente- el futuro. Hasta que no apareció IMDB no se pudo hacer lo mismo, y aunque no repetí el juego, aproveché y aprovecho todo lo que los links me dan. Así uno encuentra una película y su reparto y de repente aparece un actor, o un director, de los que habías perdido el rastro inmediato y te daban ganas de indagar más. Esto que vengo practicando hace años ahora se me ha convertido en algo un poco desmedido. Sé que haciendo esto y por alguna película que buscaba y alguna razón que me resulta inaccesible, me encontré con Lee Marvin.
Con Lee Marvin creo que tengo varias etapas de conexión y memoria: la primera cuando era chico, de las películas de los sábados o Sábados de súper acción en las que se resucitaba cierta versión de la función continuada que tenía el cine y que en el cine ya estaba muriendo. Ni siquiera agonizando. Sesiones de tres películas de tarde que seguramente se repetirían a la noche. Y alcanzaba también entonces para una función trasnoche de alguna película imposible de detectar de forma humana. Este cine era el Select, estaba en La Plata en la calle 7 y cuando se cerró terminó convirtiéndose en una iglesia evangelista. Algún día alguien tendrá que reflexionar sobre esta sustitución de espectáculos, que estoy convencido que no tiene nada de caprichosa.
Y ya que estoy en período de diversificar los recuerdos, también me acuerdo que ya con 23 ó 25 años asistí a la última función del Select en la que dieron Lo que el viento se llevó. Ya entonces me quedaba hasta que terminaban los títulos y por esa práctica para mí tan elemental, fui el último de salir de la sala. En la entrada me esperaba un periodista del diario El Día y el hombre que cortaba las entradas. Les juro que no me produjo tanta emoción que el diario me hiciera preguntas y pusiera una foto mía como "el último espectador", como lo que fue darle la mano al que cortaba las entradas. Nunca supe cómo se llamaba. Sólo sé que era un hombre flaco, alto, siempre vestido con traje y peinado a la gomina que, además, tenía cara de Drácula. Más específicamente se parecía a lo que podía haber sido Christopher Lee de muy joven. En nuestra cabeza de niños que lo vimos durante años en el cine, él era un personaje más salido de la pantalla para infiltrarse en nuestra vida cotidiana, en algo muy parecido a lo que después fue Last action hero con Schwarzenegger.
No alcanzo a recordar todas las veces que lo vi, pero sí me acuerdo del día en que una compañera de la Alianza Francesa y yo no fuimos a la clase para ver dos películas sucesivas tales como: 10, la mujer perfecta con Bo Derek y Dudley Moore; y el gran desafío de entonces, pleno 1980, que era ver El exorcista. Ese día me marcó como nunca, porque se conjugaron una chica que me gustaba un montón, una película que estaba de moda en todo el mundo y una que no había podido ver cuando era chico porque no tenía edad y porque me aterraba. El día que la vimos yo tampoco tenía los 18 años necesarios para entrar a ver la película, pero la chica con la que yo iba parecía mayor y cuando el flaco nos cortó las entradas nos preguntó: "¿Y ustedes cuántos años tienen?". Y los dos contestamos dieciocho.
Nos perdonó la vida.
Al flaco lo volví a ver un par de meses después de que cerraron el cine cuando se liquidaban los posters de las películas en lo que antes era una barra de bar, en la entrada. Él los vendía. Y después no lo vi nunca más.
Si yo pudiera filmar en La Plata y necesitara un cameo se lo tendría que pedir al flaco. Él sería el Christopher Lee, o el Vincent Price del que se valió Tim Burton para lograr que sus películas tuvieran cuarta dimensión.
Esta enorme digresión en la que incurrí fue para hablar de un tiempo en el que Lee Marvin no era más que otro actor en las películas. Un villano, casi siempre, pero un villano de alto nivel y presencia recurrente. En mi inocencia no había más para él.
En 1984, en París, vi un cartel de una película suya que estaban por estrenar: Canicule. Y tuve ganas de verla, pero no lo hice. Mi incursión fue en realidad una trasnoche para The Rocky Horror Picture Show, que en Argentina sólo se conocía indirectamente por la escena de Fama en la que los chicos de la película van a verla disfrazados y se la pasan genial. Creo que porque algo similar pasó en París, suspendí mi asistencia a ver Canicule.
En ese mismo año me despedí de él cuando lo vi en Gorki Park. Junto a William Hurt, y un tal Brian Dennehy que en aquel momento me parecía que también era muy buen pegador de piñas, amén de ser grandote y un bueno inabarcable.
Aunque me adelante, Dennehy pertenece a cierta raza común con Marvin, sólo que él caminó mejor por la buena senda. Por la buena y la mala, Marvin y Robert Mitchum.
Luego no tendría más contactos hasta 1994, cuando trabajando con la gente de El Amante Cine, volví a dar con él en tres películas: The man who shot Liberty Valance, Donovan's reef (o La taberna del irlandés que es como más se la conoce) y The big red one. Las primeras dos, de John Ford y la otra, de Samuel Fuller.
En la de John Ford él era el Liberty Valance al que un pusilánime James Stewart mata y eso le convierte en leyenda. Luego nos enteraremos que las cosas no habían sido exactamente así. Lo que es importante es que el Liberty Valance de Lee Marvin hace que toda la película tenga un sentido, que atemorice y haga pensar que derribarlo es imposible. Eso, obviamente, no se puede escribir en un guión ni pretenderse. Sólo puede conseguirse y eso lo hizo Lee Marvin.
Con esa idea me quedé y cuando vi The big red one, esa tremenda película de guerra, me quedé con la idea de que todo era un mérito de Samuel Fuller y que aún siendo un grande, Lee Marvin, era uno más de una legión de actores que podían imponer el mismo respeto en la pantalla. Estaba claro que ya gente como John Wayne o Henry Fonda, estaban muertos o muy mayores, con lo cual no había lógicas para aplicar, pero digamos que entre 1978 que muere Wayne y hasta la muerte del propio Marvin en 1987, no creo que hubiera muchos actores con las mismas características.
Y no me olvido, por supuesto, de La taberna del irlandés en la que precisamente Wayne y Marvin se mataban a trompadas todo el tiempo y descubrías el punto de comedia que también te podía dar él.
El salto llega hasta 2009 en que mirando IMDB y topándome de alguna manera con Lee Marvin me dije que tenía que indagar más. A la memoria me venía la película A quemarropa y eso porque la memoria es traicionera, ya que en mi cabeza algo me decía que era esa Canicule que yo no había visto y sigo sin ver. Miré todo lo que había hecho y me empecé a hacer preguntas tipo: ¿cuándo empezó Lee Marvin a ser Lee Marvin? ¿Fue cuando hizo Liberty Valance, cuando estaba en millones de series? ¿Cuándo?
Creo que hasta comienzos de los 60 con películas de John Ford era un secundario de nivel y luego entró como protagonistas de películas de acción y policiales en las que aún cuando fuera el "bueno", tenía un pasado de delincuente. Es imposible no verlo y no ver la ambigüedad del villano. Porque si había una perspectiva para verle era desde el mal y no desde el bien. Eso le hacía interesante, pero no es lo único.
Ahora, al volver a verlo, encuentro algo que me parece fenomenal: no lo veo actor, lo veo personaje. No quiero entrar en terrenos técnicos como que no actúa o no hace nada, cuando obviamente hace un montón. Quiero decir que así como en otros actores, independientemente de su pericia, veo al actor, en Marvin veo al personaje, al héroe, al villano, al hombre. Al que está inmerso en la historia y trabaja con ella. Esto es un ejercicio, por momentos, doloroso. Aunque suspenda mi incredulidad por la hora y media o dos que dura una película, siempre distingo al actor como un aura que está por encima del personaje. Más o menos perceptible, pero está ahí. Y esto pasa aún con muchos de los actores clásicos como James Stewart, Cary Grant, Henry Fonda. Quizás menos con John Wayne. O nada, también. Pero con Lee Marvin la ecuación es igual a cero absoluto. Y no es un actor bueno. Es estupendo. Lo veo junto a Gene Hackman en Prime Cut, con una desconocida aún Sissy Spacek, y a mí que me parece que Hackman es uno de los más grandes actores que se pueden encontrar, le veo la textura y a Marvin nada. Lo veo con Toshiro Mifune en Hell in the Pacific y me derrumbo ante los dos, pero Marvin es el minimalismo absoluto del villano de acción, de guerra, de policiales, de intriga. Quizás las películas en las que intervino no han tenido la suerte de pasar a un primer plano y él con ellas. Nos queda sí Los doce del patíbulo, pero creo que aunque busque y rebusque las películas son poco prestigiosas y no alcanzan a ponerle en un lugar que merece. ¿Es también una cuestión de tiempo como pasa con otros?
Yo creo que él fue el modelo de americano impasible, pero también impredecible. Fue el hombre que pudo hacer cien veces más de todo lo que le tocó. Fue un hombre de género y no bordó ningún drama como les tocó en suerte a muchos de sus colegas contemporáneos, mayores y menores que él. Murió bastante joven, sin serlo, claro, a los 63 años. Harrison Ford ha vivido más y no tiene el pelo blanco como le tocó a él muy tempranamente. ¿Cuántas películas más nos podría haber dado?
Acabo de leer por ahí que Tarantino es fan de Lee Marvin. Y yo también firmo. Con diez años de diferencia él le hubiera metido en una de sus películas. ¿Se lo imaginan en Jackie Brown haciendo el papel de Robert Forster, el detective que se alía con Pam Grier? Para Forster fue un empujón tremendo el que le dio Tarantino, como se lo dio en su momento a Travolta.
Creo que me voy a meter en el Facebook a ver si hay un club de fans y si no, a iniciarlo. Y quiero también desde ahora meter fotos en el blog. Y a pensar en una película en La Plata. Y a saber si el que cortaba las entradas en el Select sigue compartiendo el mundo con nosotros.
Muchas veces tengo la sensación de que nos damos cuenta de las cosas demasiado tarde.
Yo sobre todo.

jueves, 15 de enero de 2009

Replicantes

Primer post del año. Retrasadísimo. Desde el sacudón de las vacaciones navideñas que me cuesta sentarme a escribir lo cual confirma todo lo que dije en un post anterior sobre la importancia de hacerse el tiempo para la escritura. Lo difícil de hacerlo y lo que va quedando en el tintero cibernético.
Tuve varios impulsos perdidos y aunque no me veo recuperándolos, me quedo al menos con la idea de que puedo nombrarlos. El primero fue luego de ver Quarantine, la remake americana de Rec, la película de terror estrella de 2008, porque todo el mundo la fue a ver y porque ya desde que se estrenó se estaba hablando de que los americanos habían comprado los derechos para versionarla. Como es costumbre, ya todo el mundo pensaba en la degradación que habría en el remake sobre el producto original. Yo cuando vi Rec no pensé en esto para nada. La idea y algo de la factura estaba bien. No se la pasa mal, pero aún cuando todo el propósito está dirigido a hacernos creer que lo que vemos es una crónica del camarógrafo, algo resuena a falso. En primer término, los actores.
Salvo Ferrán Terraza, el bombero calvo, y en segundo lugar, Manuela Velasco, el resto de los actores se dedicó a minar cualquier credibilidad posible de la propuesta. Cuando todo apuntaba a un "esto es verdad", ellos lo negaban todo el tiempo. Y no quiero simplemente afirmarlo, hay que verlo y te salta a la cara.
Al salir del cine pegajoso y plagado de adolescentes de Valdebernardo al que la fui a ver, me dije: "la remake va a estar mejor porque peor no se puede actuar". Y dicho y hecho. Vi Quarantine y las diferencias fueron enormemente favorables. No solo en actuación, también en la fotografía y en el guión. La mejoraron, y la limpiaron de unos momentos muertos insoportables como eran las entrevistas a los habitantes del edificio, así como de algunas gracias que seguramente buscaban algo y al final de cuentas no aportaban nada.
Quarantine es más sucia y más salvaje. Es sucia en la luz y en la propuesta. Muestra una verdadera pesadilla urbana en la que frente a una emergencia bacteriológica, o se mata o se muere y no hay más opciones. La protagonista Jennifer Carpenter (la hermana de Dexter en la serie) trabaja sobre lo no dicho y con esto contrasta de forma brutal con la obviedad constante de Manuela Velasco que tiene que nombrar y explicar todo lo que pasa, amén de saturar con el discurso insufrible de los medios de que la cámara tiene derecho a filmar. Una pavada absoluta en un momento crítico como ese en el que no sabés si vas a salir con vida del edificio, y porque lo más probable es que te mueras.
Frente a Quarantine, Rec es una obra de teatro. O un happening documentado. Eso se siente al volver a verla. Una luz trabajada y artificiosa que hace más bonito el producto, pero mucho menos interesante. Porque para una propuesta de imagen bonita con cámara digital está Cloverfield que aquí en España se llamó Monstruoso. La luz está genial pero la forma en que está filmada no te lleva a que te fijes en la iluminación. En Rec no podés evitar hacerlo.
Está claro que frente a esta argumentación que hago muy a vuelo de pájaro muchos diferirán, pero estoy seguro que habría muy pocos datos objetivos con los que pudieran sostener una discusión. Siento ser categórico en esto. Estoy seguro que elegirían por amor o por rabia, pero no con mucha razón porque los problemas de Rec hablan por sí solos. Como los de El orfanato también, o Los cronocrímenes y los de muchas películas que concitan más partidismo que entusiasmo. Esa es la diferencia. Ya lo tengo. Partidismo a la hora de elegir y nada de entusiasmo a la hora de juzgar. Algo más cercano a la irracionalidad futbolística en el peor sentido de la palabra, frente a la excitación real que está en ver algo que está bien. Muchos velos se cruzan en la razón de un hincha para no ver lo bueno en otro equipo que no sea el tuyo. Y yo acepto esa regla del juego, pero cierro los ojos ante ella en el fútbol solo y hasta cierto punto. En lo demás no hay cómo defenderlo.
Por otro lado siempre vengo pensando, desde estos tiempos chinos en que todo se duplica y se falsifica, que al final de cuentas una copia, con una mejor dedicación en la factura y hasta en los elementos mismos que la componen, pueden hacerla mejor que un original. Lo pienso en esas copias de Armani que se hacen tanto en China como en mil lugares y que te llevan a pensar, al final de cuentas, ¿qué tiene mejor calidad? O, ¿cómo se dirime la calidad y la entidad real en algo?
Philip K. Dick también pensó mucho en esto. En su libro El hombre en el castillo se plantea qué le da el valor a un objeto. En qué consiste ese valor que convierte a un elemento X en algo interesante para mucha gente. Estuve releyendo el libro hace unos días porque buscaba un par de páginas en los que yo registré esta reflexión y desde entonces, desde hace diecisiete años cuando lo leí por primera vez, se me prendió en la memoria. Tampoco descarto que mi propio recuerdo haya alterado lo que leí, pero estoy seguro de que tiene que estar porque no me siento capaz de haber elaborado yo un pensamiento semejante.
El Armani clónico del sastre chino creo yo que tiene grandes posibilidades de ser mejor que el real porque creo en esa inmanencia de lo que está bien hecho supera cualquier barrera aunque no podamos verla. Creo que Quarantine es invariablemente mejor que Rec, pero por cosas seguramente mucho más profundas que las que a mí se me ocurren y que deben residir en algo que está contenido filosóficamente en el planteo de Dick. La maquinaria de fabricar realidades es muy débil en España. No falla la idea, que es incuestionable, sino algo que está contenido en la factura; en el qué hacer y en el cómo hacer. No sé, hay un tránsito físico entre la idea, la pura imaginación y la realidad; y la fabricación de la realidad implica una red industrial muy compleja que da entidad. Lo que se encuentra por fuera es pura simulación y artificio.
No es una excepción. Me pasa con Borges. Su construcción argumental, de lenguaje, de trama, es impecable, pero al leerlo el mundo ficcional no termina de tener la contundencia de lo visible. Sé que me meto en un jardín espinoso. Creo que porque hay algo de la idea y de la parábola muy abstracta que está presente en él; creo que sus personajes carecen de psicología y no porque no tengan ninguna, sino porque están al servicio de una idea, de ideas trascendentes y lo que pasa les afecta poco. Pienso en Funes, el memorioso. Puedo ver toda la argumentación que me pone en el sitio de lo que ve o contempla Funes, de lo que se puede elaborar sobre eso, pero no sé lo que le pasa. No sé quién es o a quién se parece, o a qué.
No digo que la falta de realidad sea un atributo negativo, y muchos menos en Borges que construyó su mundo con una dedicación fabulosa. Digo que hay algo en la percepción de la realidad que afecta toda nuestra percepción tanto ética como estética. La educación en nuestro mundo visual ordena ciertas jerarquías y otorga factibilidad a creaciones que todo el tiempo dialogan con la realidad, que es como decir todo el universo que podemos percibir y aceptar como posible. Lo demás lo eliminamos.
Hay toda una corriente crítica y desperdigada que proviene de diversos orígenes e ideologías que cuestiona lo inflexible de nuestro mundo aristotelizado. Se refugia en prácticas autodenominadas alternativas.
Creo que todo pasa por el consenso. El consenso construye la realidad y la realidad, por su fuerza, construye el consenso. Es un camino de doble vía, pero la maquinaria que puede fabricar el consenso, fabrica al mismo tiempo realidad. Hay algo de sus procedimientos que tienen algo de inasible y secreto; misterioso para los demás y para el propio manipulador, pero que hacen de ciertas creaciones un material pasible de ser traducido a formas reales, reconocibles, aceptables y por ende consensuadas.
Sé que hay algo tremendamente político en esto y que no intoxica el mundo creativo por tener esta condición, pero sé también que hay algo en la máquina de copias que invita a pensar sobre el estatus de las obras, qué son, por qué se hacen y para qué sirven, si es que tienen que servir para algo.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Tres referencias


Acabo de terminar el último capítulo de Life on Mars. Creo en lo que han trabajado. No sé cuánto es fruto del azar en lo que se crea, cuánto se trae, cuánto se compra, cuánto se pide prestado, cuánto se roba a conciencia y cuánto se roba sin saber. Que se entienda, por favor, no se me ocurre pensar en algo robado en el sentido del plagio y hurto barato. Hablo de todo lo que se extrae de todas las fuentes posibles para hacer algo nuevo.
Creo en el salto de la TV cerrada a la TV abierta. Lo que viene de Los Soprano de HBO y desemboca de alguna manera aquí. Insistiré siempre que antes de Los Soprano estuvo Expediente X en tanto y en cuanto generó otras miradas sobre las series y otra forma de tramar. Las citas, las referencias, estuvieron en el cine y un día entraron en las series. La referencia era un elemento más de construcción de la trama y tenía que ser más que una idea para que pudiera funcionar narrativamente, pero estaba y está claro que puede ser parte de la maquinaria ficcional.
Life on Mars propone abiertamente dos citas: una, es El mago de Oz. Sam Tyler es Dorothy. Un accidente de coche es un tornado y Oz es 1973. Referencias.
Otra es Un yanqui en la Corte del Rey Arturo de Mark Twain. Ese hombre que de repente está participando de otro tiempo. Uno de los primeros viajes en el tiempo dentro de la literatura que podemos rastrear efectivamente.
Todos esos mundos de la ciencia ficción tienen esos y mil elementos más conjugados, pero amén de todos los escritores que podamos encontrar y los hayan trabajado, uno les dio forma y permanencia: Philip K. Dick. Él trabajó sobre el hombre fuera de su tiempo o fuera de su sitio, perdido de alguna manera pero siempre dudando de cuál es la realidad a la que pertenece. En Life on Mars Sam Tyler se hace la misma pregunta y la respuesta no se da. Cuál es el verdadero yo, cuál es la verdadera memoria, cuál es el presente.
Es imposible no mirar todas estas ficciones sin aplicar el prisma de Dick sobre ellas, casi de la misma manera que no se puede mirar la relatividad sin Einstein o la evolución sin Darwin. Quiero decir que ya todo estaba dicho antes y fue reformulado. Un antes y un después que se asocia a un nombre.
Yo creo que esas tres referencias me ayudan a pensar en que las historias siguen en movimiento, se arriesgan y pueden ser originales. Life on Mars es una bella serie referencial. Ha sabido beber y ha hecho un bonito cóctel de lo que otros podrían hacer mamarrachos. Que por otro lado es el gran peligro de estos tiempos; la posibilidad de querer hacer algo hiperoriginal y quedarte con un mamarracho en la mano.
Estuve contento todas estas horas con Sam Tyler y Gene Hunt. Obviamente que con todos los demás, y con los directores y los guionistas y los creadores. Quiero aprender de ellos. Quiero aprender a crear algo que transmita y emocione. No engancharme con una matriz, mera reproductora, que busca los distintos ángulos para seguir contando infinitamente lo mismo.
Es una expresión de deseo. Tener buenas referencias y desde hoy a la noche, tengo otra en mí.

martes, 23 de diciembre de 2008

Vida en Marte

Hace una semana me metí en www.bbc.co.uk/drama. Quería ver toda la lista de series que la cadena británica estuvo emitiendo los últimos tiempos y ver si me había perdido de algo importante. La primera pista me la dio hace un tiempo Roma. Vi la primera temporada en español, la segunda ya en inglés y me pareció muy buena. Coproducción con HBO, lo que ya era una pista interesante, y un atrevimiento en la reconstrucción de época. Yo no tengo los números pero creo que fue una serie cara y que eso atentó contra su continuidad. Lo que queda de ella, es un buen recuerdo.
Luego entré por otras coproducciones de la BBC y HBO como Extras y hace muy poco con House of Saddam. De esta última reconozco su factura, pero aún hay algo de este punto de vista tan virtuoso que mira los desastres que se arman en una familia iraquí enquistada en el poder desde una tarima tan aséptica. Aún espero ver algo que hable un poco de la familia Pinochet o de su alegre paso por Londres. No un telefilme barato, me atajo por si lo hay, sino una producción en condiciones, y estoy convencido que más allá de la crítica política, se lo merece.
En fin que saltando de las coproducciones a las producciones de la BBC en casa vi la cantidad enorme que hay y me llevó un buen rato determinar qué me interesaba ver. Cinco me llamaron la atención pero una me la llamó un poco más: Life on Mars. Ahí me entero que la original inglesa había terminado luego de dos temporadas y que ahora está emitiéndose una versión americana. Creo que es estupendo tener de forma casi contemporánea dos series abordando lo mismo. Te permite explorar una y otra factura, y también ciertos puntos de vista.
Yo creo que la serie inglesa es superior en muchos aspectos: es más cruda, más imperfecta en algunos puntos, está mejor actuada y sus personajes son mucho más interesantes. La americana tiene también grandes actores como Harvey Keitel o Michael Imperioli (el sobrino de los Soprano) y funciona, pero me parece que falla por su exceso de brillo. El HD está aprovechado al máximo; han corregido, limpiado y perfeccionado elementos de la trama que en la original inglesa no están, digamos, trabajados a nivel de relojería; pero carece de la humanidad que abunda en la otra. Esta humanidad que me parece su rasgo esencial, en la versión americana se sustituye por una moralina excesiva. Eso ya se nota desde la elección del protagonista. El inglés John Simm no es guapo ni fortachón. No tiene el lustre del héroe. Nadie lo tiene, por cierto. Mientras que el protagonista de la americana, un irlandés, Jason O'Mara, está para ilustrar la carpeta de adolescentes y no tan adolescentes. Y va siempre de maestrito. Para cada ocasión tiene un pensamiento o frase profunda. Rompe un poco las bolas, todo hay que decirlo. El tema es que las dos funcionan y el problema de que existan las dos te lleva a comparar, y comparar es horroroso porque a pesar de venir de la misma matriz de guión, son muy distintas y están llamadas a que te pongas del lado de una o de la otra. Yo reconozco que si no hubiera existido una original inglesa, todos los peros que pongo desaparecerían de golpe porque disfrutaría de la historia de un tipo que en medio de un coma viaja al pasado y no sabe cómo salir de él. Y reconozco que me saltaría lo que no me aguanto del protagonista de la americana. Lo obviaría porque la situación me llevaría de la nariz. Life on Mars me conmueve. Está hecha para entretenerte y conmoverte. Lo que me entretiene no me llamaría tanto la atención si no me conmoviera. Las dos versiones me han hecho soltar lágrimas, pero la americana, más. Con lo cual vengo a comprobar que ellos manejan el melodrama de forma mucho más efectiva que los ingleses. Y aunque los ingleses son los griegos de los americanos, les han enseñado todo, la maquinaria americana es más precisa en este punto. Lo fantástico que en la original de 2006 está más atenuado, en la versión 2008 está más explotado. Y yo sé que el fantástico bien llevado, a mí, por lo menos, me atrapa.
Aquí estoy haciendo un ejercicio imposible y pongo al mundo por testigo de ello: quiero creerme por un momento que no hay dos versiones de una misma buena serie, pero las hay. Puede que la americana tenga virus de ñoñería en algún punto, pero yo lo disfruto; así como disfruto el nivel de verdad al que llega la inglesa.
El mundo paralelo de este detective de policía que vuelve al pasado, transcurre en 1973. No sé por qué pero también ese año fue para mí un año que ha quedado más fijado que otros. La historia en Argentina no carecía de acción, aunque su dramatismo se elevaba mucho más que lo que podía ocurrir en Gran Bretaña o en EEUU. 1973, si mal no recuerdo, fue el último año en el que dependí de mi padre para ir al cine y creo que el último en el que vimos películas sin negociarlas. Creo que nos gustaban a los dos: Scorpio, con Alain Delon y Burt Lancaster; La aventura es la aventura, con Lino Ventura y Jacques Brel; Mi nombre es nadie, con Henry Fonda y Terence Hill; y Vivir y dejar morir, con Roger Moore como 007.
Si yo tengo que pensar un lazo concreto con esos tiempos, empezaría con mi padre y esas películas que vimos en el cine, subtituladas como dios manda. Y creo que cada hipo que me viene al recordar tiene una imagen que proviene de entonces. Todos tenemos de una manera u otra nuestra vida paralela que es también nuestro pasado esperándonos en Marte. Creo que es algo más que la música, más que la historia o la nostalgia. Es la materia de la que están hechos nuestros recuerdos y aunque sea durante un rato apenas, podemos comulgar con otros que también los tienen y con ellos se emocionan.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Sobre las turbulencias en los aviones


Soy un traidor a mí mismo. Eso es lo primero que tengo que poner aquí. Antes no cuidaba las plantas y ahora no cuido mi blog. No voy a indagar por qué, ya que no me quejo de la utilización del tiempo que hago en otras actividades, pero sí me quejo de haberlo olvidado. Eso es lo primero.
Lo segundo es que me replanteo el blog gracias a que Eduardo Milewicz está entusiasmado con el suyo y me ha hecho pensar en que el trabajo de bitácora es una tarea importante abierta por el estado actual de los medios de comunicación, aún cuando la herramienta estrella de hoy es el Facebook. Escribir ordena. Ordena pavorosamente. Ordena la mente, las alternativas, el pasado, el futuro, los planes, los balances. Aunque no te lea nadie, estás escribiendo para todo el mundo.
Aquí es donde entra lo tercero que fue el comentario de Ignacio, un colega que decía muy acertadamente que uno suele entrar a los blogs que están alimentados a diario. Yo no albergo la esperanza de que entre mucha gente a leer lo que escribo. Si lo hace, seguramente empezaría a escribir de otra manera. Y sin que esto implique nada bueno ni malo, sólo sé que tengo que considerarlo. Alimentar este blog, por mí, y convertirlo en algo que pueda servir a otros si es que se les da por entrar alguna vez.
Hecha esta salvedad, entro en tema: hace varios días que vengo pensando en la posibilidad de que la Segunda Edad de Oro de las series haya entrado en crisis. Muchas de las grandes apuestas de 2008 de principio y final de año han sido barridas de la televisión. El primer detonante fue la huelga de los guionistas que actuó como catalizadora de algo aunque si tengo que ser completamente sincero, no sé bien de qué. Me explico un poquito más: series interesantes quedaron en el camino, series poco y nada interesantes sobrevivieron. Sería genial decir que un hecho tan real como una huelga en el corazón de la producción audiovisual de Estados Unidos, podría obrar como un cierto acto de justicia. Expulsar lo malo e inútil, e impulsar hacia adelante lo bueno e interesante.
No es así y muy probablemente en esta nueva crisis de fin de año donde otras series no continuarán (o ni siquiera verán la luz), se refrende esta idea de que quizás la Edad de Oro haya comenzado a desaparecer en favor de otra cosa incierta. Quizás sea esto lo que suceda o suceda algo totalmente distinto que obligue a revisar las nociones de crisis y cambio, al menos con las que yo he pensado el mundo desde que mi cabeza empezó a trabajar de manera más adulta.
Aquí es donde entra la analogía con las turbulencias en los aviones que, como me tengo que ir al trabajo, quedará para resolver después... Hasta prontito
He vuelto.
Para el Puente de Mayo de 2007 pasé cinco días en Mallorca. Durante el viaje en avión nos sorprendió una turbulencia. Uno que ya ha hecho varios viajes tiene ya una experiencia en estos temas, pero eso no sirve de nada si la turbulencia supera los límites de lo esperable. Y eso pasó en este viaje. Las caídas eran continuas y cuando dentro de lo "esperable" se entraba en una cierta estabilidad la caída se repetía no sólo más profunda sino también más violenta. La sensación en ese momento es que esto en algún momento, por malo que sea, tendrá que parar, retomar la calma. Pero eso es un deseo y no la realidad. No hay nada que suponga que las turbulencias y las caídas violentas se detendrán milagrosamente, salvo si se llega al suelo. Y esto no tiene por qué suceder en buenos términos.
Si hoy vivimos una crisis general, muy nombrada por cierto, y las series entran en zona turbulenta. ¿Qué indica que esto vaya a parar, estabilizarse o reencontrar un norte?
Releía el post anterior, y quizás mucho de lo que esté escribiendo ahora se contradiga, en apariencia, con lo que escribí antes. Creo que no. Creo que esta crisis no está regida por lo estrictamente creativo. Lo creativo tiene picos y puntos bajos, pero está visto que productos artísticamente interesantes son decapitados sin más. También en la Revolución francesa se le cortaba la cabeza tanto a María Antonieta como a Danton. Una representante del antiguo orden y otro representante del dinámico orden venidero.
Está claro que lo que sobreviva de verdad tendrá poco que ver o con nuestros deseos o con lo que se decida en iluminados despachos de las productoras y las televisiones. Lo que persista tendrá otras características y no se resolverá hoy. Hoy seremos testigos del caos. De aquellos productos que se han montado en la ola de éxito de las series y sólo han mejorado en producción, pero que no han hecho más que reciclar ideas. Lo nuevo de verdad seguirá su propio camino y se lo abrirá a otros. A veces el precio de innovar es altísimo, pero yo creo que los cánones funcionan, tienen su dinámica propia y generan sus propios eslabones. Es una maquinaria muy diferente de la que puede manejar el mainstream.
Yo por mi parte quiero seguir viendo y aprendiendo de este momento que no pierde pista de lo importante que es arriesgar y que es una gran oportunidad para arriesgar ya que las fórmulas están cambiando pero esto aún no ha aterrizado en ninguna parte. Creo que hubo una primera parte de este vuelo que ha tenido un tono fantástico. Agradable e inspirador sobre todo. Ahora cruzamos una zona plagada de pozos de aire en los que los proyectos caen o son derribados como pájaros. Nada asegura que esta turbulencia vaya a detenerse en algún lugar amable y claramente estamos sobre ella.
Los pescadores ganarán seguramente en ella, pero algunos productos, algunas historias, dejarán marca. Yo quiero indagar en ellas. En las que rondan por allí y a las que hemos mirado muy poco, pero deberíamos ver más.

sábado, 26 de julio de 2008

Post a favor de las series sin rating


Una vez más quiero hablar de cosas sin que me asista ninguna prueba más que la que sale de un juicio basado en la intuición. Esto que voy a escribir no es nuevo en ninguno de los sentidos, pero creo que es el momento de ponerlo en debate.
Creo que ninguna creación artística tiene que estar condicionada en su valoración estética por su éxito de público. Quiero decir sencillamente que al público le guste algo no significa nada. No por cuál sea el nivel de consumo cultural del público, si más alto o más bajo, se le agrega valor a una obra. Tampoco creo en ciertos pseudo paradigmas nacidos de los arrabales de la Escuela de Frankfurt que pontifican con lo contrario, es decir: que el público confluya en una obra determinada indica el nulo o muy bajo valor estético de una obra.
Es un tema delicado porque siempre se presta a malos entendidos y a lecturas erróneas. Sobre todo porque todo lo que involucra la valoración externa a una obra, sea hecha por la gente común o por los críticos, suele llamar a engaño. No necesariamente un crítico o grupo de críticos puede consagrar una creación, pero claramente no la consagra la fe del público. Tanto unos como otros sufren recurrentemente por los espejismos con los que se cruzan. En el crítico pesa la autoridad del docto y cierta sobreelaboración intelectual que parece descubrir grandes valores donde quizás no los hay.
Traigo a colación el debate de Tim Burton cuando filmó Ed Wood. Burton lo definía como un artista; los críticos, aplicando criterios de eficacia estética, lo declaraban poco menos que un tarado y un simplón. El peor director de la peor película de la historia. Ya de por sí en esta afirmación hay una trampa intelectual. No se puede sostener un juicio de este tipo sin falsear. ¿Con cuántos otros malos directores se compararon los films de Ed Wood?
La miopía crítica es solo equivalente a la hipermetropía del público. Los primeros ven mal de lejos, pero en la cercanía y en zonas acotadas suelen tener muy buen ojo, pero su campo de visión es limitado y todo lo que entra en él parece ser lo único. Digamos que el primer traspié por el que se descalifica a Ed Wood es por haber caído en el territorio mezquino de la crítica. Mezquino por la actitud y mezquino por el estrecho terreno desde el que se mide.
¿Soy enemigo de los críticos? Para nada. Creo que la crítica es uno de los ejercicios más saludables del mundo, ahora que también creo en el vicio crítico. O por lo menos de muchos críticos profesionales que se sintetizan en: a) formar bandas, y claro que hay bandas y bandas, pero suelen elevar su código de banda a código estético. No digo que esos códigos carezcan de valor pero a veces están muy relacionados con elementos distorsionantes como el hecho de servir más a una ideología que a una obra, o más al que paga o subvenciona que a convicciones, o a modas, o a favores debidos, o a debilidad de carácter. El bandolerismo crítico empieza en los suburbios de los medios de comunicación que ponen a los críticos con sueldos mensuales y salvo raras excepciones todos ordenan sus juicios a través de las promociones de las películas (pagadas por las distribuidoras) o a través de cierto ejercicio repelente alentado desde fuera para convertir al crítico en un payaso útil. El que da la idea de que sabe cuando ni siquiera tiene idea de lo que está diciendo.
También sumémosle la explosión de medios con Internet donde se requiere mucha mano de obra porque hay que llenar espacios infinitos. Esto ha llevado a que cualquiera pueda pergeñar un comentario sobre lo que sea. Internet y los realities y hasta cierto aggiornamiento de los periódicos han llevado a que crítico sea el que el jefe de redacción denomina como tal. Y, todo hay que decirlo, también hay jefes y jefes de redacción.
La crítica es un mar agitado, pero un mar al fin. Hay quienes pueden mantenerse a flote y quienes pueden hundirse en él.
Creo que cuando Tim Burton defendió a Ed Wood realizó una doble operación: desafió la estrechez de mira de los críticos y les dijo claramente miopes. Miopes de actitud y miopes prácticos. Lo que Burton leyó en Wood fue su pasión y su imaginación, pero su pasión por encima de todo. Porque de una forma u otra Wood abordó lo que quería. Sus temas y sus historias y se convirtió en un creador completo. Se otorgó a sí mismo una libertad que otros creadores se cercenarían en pos de un ideal de perfección. Y perfección y pericia no definen tampoco al arte. Ambas son virtudes del artesano pero no agotan jamás el valor de una obra.
No quiero aquí entrar en una valoración más profunda de Ed Wood pero sí abordar que el ejercicio crítico realizado bajo la luz eterna de la obra maestra es de tan poca utilidad como medir las obras a través del vox pópuli. Ambas actitudes veneran a dioses bastante caprichosos y estoy seguro que en mundo del arte hay mucho más que eso.
Vuelvo a por qué el título del post. Creo que hasta no hace tanto, hasta que reingresamos en esta segunda edad de oro de las series el valor absoluto de la existencia de un producto serial estaba basado en el éxito de público y en su competencia en cadena. Este telón ha caído de la misma manera que un día cualquiera nos amanecimos con que se había caído el invencible Muro de Berlín. Series buenas, mediocres y malas subsistieron y coexistieron en otros tiempos impulsadas por el rating. La competencia era feroz y el único criterio de valor aplicable era que una serie pudiera sobrevivir varias temporadas porque el público la había favorecido. Esto llevó a que perduraran las más aptas. No digo que ese sea un camino falso, sino que simplemente fue un paso de maduración. El producto serie ha ido madurando desde sus comienzos, en los aspectos temáticos, narrativos y de producción. Ha ido evolucionando y esto ha permitido que pudiera haber más variedad. La primera señal la dio HBO con sus series fuera del "abierto" y es algo que aún perdura. HBO trabaja sobre criterios que no implican la competencia con otra cadena. En todo caso se compite en las preferencias de los seguidores de las series que es un nuevo corpus crítico que se ha ido creando y que está empezando a generar sus propios códigos.
Este post, en sí mismo, es parte de lo que genera el segundo advenimiento de las series.
Quiero decir con todo esto que es un signo de madurez de un producto el hecho de que su existencia empiece a depender cada vez menos de su competencia primitiva en el mundo de las cadenas que emiten en abierto. Salimos de cierto barbarismo en la producción para entrar en un mundo más recogido, más reflexivo. Una serie puede arriesgar una fórmula como "la historia de una familia de funebreros" que es lo que ha sido "A dos metros bajo tierra". Puede arriesgar otras, por supuesto, y seguro que con mejores resultados, pero lo importante es que ya una serie puede empezar a considerarse como una obra que se rige por condicionantes menos bastos que los del pasado. Cosas como: un entretenimiento para toda la familia, en el que papámamáhijosabuelos pueden ver el mismo programa porque hay una trama pensada para cada uno.
Una pista para todos los que miran tele abierta: ya las producciones se han partido en dos, las que generan sus códigos y las que siguen optando por la representación de las minorías en las tramas. Llámense negros, gays, mujeres, niños, ancianos, inmigrantes, etc., etc. La TV "democrática" suele ser un panfleto barato de poquísimo vuelo creativo. Hay quienes lo han sabido renovar, pero también hay que ver lo poco que tiene que ofrecer.
Lo mismo que la multiplicación de las tramas que, bien entendidas, enlazan con el espíritu de la serie y, mal entendidas, diversifican. Concentrado o con fugas es la alternativa de un producto. O lo que se escribe vuelve y realimenta la historia troncal, o la distrae. Se aleja del centro. Cada trama es un mundo ajeno. Ese ser ajenos hace que el producto serie se convierta en una máquina expendedora de tramas en un ambiente dado y nada más. Fórmula plena y no obra.
Está claro que muchas series no aspiran a ser obras, pero también sería de derecho que no aspiraran a ser consideradas "series" (que lo son, claro) modernas. Hoy esto se define también a partir del éxito comercial de las temporadas, que es lo que anima a los productores a crearlas, pero no pueden ser valoradas en cuanto a fenómeno de producción. La pregunta del millón sería aquí cuántas series dentro del boom han aportado algo nuevo y cuáles son sólo una readaptación de los códigos. Podría haber, y las hay seguramente, series que al reformular los viejos códigos han dado un salto a nuevas formas de plantear la narración televisiva. Esta batalla se da sobre todo en abierto, pero es el terreno clave. Digamos el Stalingrado del momento, sólo como analogía territorial.
Pero lo importante de todo esto es que es la primera vez en que se puede empezar a pensar en una serie que sea reconocida más allá de su perdurabilidad. Es cierto que esto existió en el pasado, pero surgió al revalorarse un producto. Difícilmente ese juicio se pudo hacer in situ en el presente de la emisión.
Cuantas más series se produzcan fuera del circuito y accedan a Internet o a cualquier tipo de soporte que les permita ser distribuidas, más evolucionará todo, pero hay que entender que ha llegado la hora de arriesgar y olvidarse de complacer al público, al productor, al guionista, a mamá, a papá o a las novias. Independencia y madurez están pidiendo las series. No sólo de producción. Si así fuera tendrían razón los que criticaban a Ed Wood por impericia y la pasión a la hora de crear quedaría aplastada. Y no sé sobre qué bases se puede afirmar, críticamente, que la pericia artística es superior a la pasión del creador. Por aceptar este paradigma nos hemos tragado millones de obras insoportables, de escaso aliento, más dignas de mausoleos que de intervenir en nuestra vida. Pasión y pericia conviven en un Van Gogh, o en un Gauguin, y no todo el mundo es ni Van Gogh ni Gauguin, pero en nuestras retinas se impregna la pasión de un Van Gogh. Nos deslumbra un Vermeer, pero si todo el arte fuera precisión, entonces nos dedicaríamos a la relojería y a contemplar el funcionamiento de los relojes.
Hay otras cosas en el mundo por las que las máquinas registradoras no pueden cobrar y porque ellas existen nos atrevemos a pedir más.